A los europeos nos gusta pensar que, si no fuera por nosotros, la mitad de las cosas que consideramos civilización no existirían.
Y la realidad es bastante menos épica.
Por ejemplo, por la península ibérica han pasado fenicios, griegos, cartagineses, romanos, visigodos, árabes, vikingos y unos cuantos más.
Si eres como yo y te quedas con lo mejor de cada casa, verás que hemos heredado palabras, cultivos, técnicas, conocimientos, costumbres... Algunas cosas las adaptamos, otras las mejoramos y otras, directamente, pues nos las cargamos por el camino...
Pero nos sigue gustando contar la historia del mundo como si hubiera empezado cuando nosotros decidimos que ya éramos civilizados.
(Signifique lo que signifique eso de estar "civilizados", porque todavía no tengo muy claro quién reparte los carnés de civilización).
Y en este punto, el alambique es un buen ejemplo.
Porque cuando pensamos en destilación, nos vienen a la cabeza esos preciosos alambiques de cobre, brillantes, con sus cuellos de cisne y sus siglos de tradición.
Y cuando vemos uno de barro o de madera, nos parece una curiosidad. Algo primitivo, casi una reliquia de tiempos pasados.
Como si el resto del mundo hubiera estado esperando a que llegáramos nosotros con un alambique de cobre para enseñarles a destilar en condiciones.
Pues siento decirte que nada más lejos de la realidad.
Y para entenderlo, tenemos que viajar unos dos mil años atrás, cuando destilar todavía era cosa de alquimistas.
🧪 María la Judía y los primeros aparatos de destilación
Mucho antes de que el alambique de cobre se convirtiera en uno de los grandes símbolos de la industria de los destilados, había gente experimentando con vapores, condensadores y recipientes de distintos materiales.
Y no precisamente para preparar un gin-tonic.
Una de aquellas personas fue María la Judía, una alquimista del Egipto helenístico de la que sabemos bastante poco, pero a quien se atribuyen varios instrumentos de laboratorio.
Entre ellos, el tribikos, un aparato de destilación con tres brazos.
Y sí, también se la relaciona tradicionalmente con el baño María.
(Si es que las Marías somos así...)
Entonces, si María ya trabajaba con aparatos de destilación hace casi dos mil años, ¿significa que todos los alambiques del mundo descienden del suyo?
Pues no.
O, mejor dicho, no tenemos pruebas para afirmarlo.
Y es que conocer técnicas de evaporación y condensación no significa necesariamente utilizarlas para producir bebidas alcohólicas.
La historia de la destilación es bastante más antigua y compleja que la de los destilados que hoy conocemos.
🏺 La destilación en Asia: China y el Imperio mongol
Mientras los conocimientos alquímicos circulaban por el Mediterráneo y, posteriormente, por el mundo islámico, en China también se desarrollaban técnicas para calentar, evaporar y condensar sustancias.
¿Cuándo empezaron a destilar bebidas alcohólicas?
Ahí empieza la discusión.
Hay indicios bastante anteriores, pero las evidencias más sólidas de producción de aguardientes chinos aparecen durante la dinastía Yuan (1271-1368).
Y aquí entran los mongoles.
Su imperio conquistó buena parte de Eurasia. Y no precisamente llamando a la puerta y pidiendo permiso.
Hubo ciudades arrasadas, poblaciones desplazadas y una violencia considerable.
Pero aquellas conquistas también conectaron enormes territorios, facilitando el intercambio de mercancías, personas y conocimientos.
Y aunque hoy no toca hablar de genética, algunos estudios han encontrado huellas de aquellos movimientos de población que todavía podemos rastrear siglos después.
¿Pudo viajar también la tecnología de destilación?
Perfectamente.
¿Significa eso que los chinos aprendieron a destilar gracias a María la Judía?
No tenemos pruebas para afirmarlo.
Porque la historia de la destilación no es una línea recta desde Egipto hasta Europa y luego a Asia. Es una red de conocimientos, adaptaciones y posibles desarrollos independientes.
Si quieres conocer mejor el aguardiente chino, tienes aquí mi artículo sobre baijiu.
Y eso nos lleva a otra cuestión.
🔥 Alambiques de barro, madera y cobre: ¿tradición o innovación?
Ahora imagina que mañana una destilería europea anuncia que ha desarrollado un alambique cerámico tras diez años de investigación.
Hablaríamos de innovación, de nuevas posibilidades aromáticas y de recuperación de técnicas históricas.
Probablemente lanzarían una edición limitada de 300 botellas a un precio que nos haría replantearnos nuestras prioridades financieras.
Pero cuando vemos un alambique de barro en Asia, hablamos de métodos "ancestrales".
O, peor todavía, "primitivos".
Como si estuvieran esperando a que alguien llegara con uno de cobre para enseñarles a destilar en condiciones.
Y eso que el cobre ya se utilizaba en aparatos de destilación de la Antigüedad.
El barro, la madera y el cobre no representan necesariamente etapas sucesivas del progreso. Son soluciones tecnológicas diferentes.
Con sus ventajas, sus limitaciones y sus contextos.
Si quieres profundizar en las diferencias entre diseños, puedes consultar los tipos de alambiques y cómo influyen en el destilado.
Así que la próxima vez que veas un alambique de barro, quizá la pregunta no debería ser por qué no lo han "modernizado".
Sino qué sabe hacer ese alambique que nosotros, occidentales sabelotodo, todavía no hemos entendido.
Porque una cosa es estudiar la historia de la destilación.
Y otra muy distinta es contarla como si todo el mundo hubiera estado esperando a que llegáramos los europeos con nuestro alambique de cobre para enseñarles cómo se hacen las cosas.
Y no, tampoco estoy diciendo que un alambique de barro sea mejor que uno de cobre.
Estoy diciendo que, antes de decidir cuál es mejor, convendría preguntarse para qué.
Que parece una tontería, pero nos ahorraríamos unas cuantas discusiones en el sector.
📖 Destilando la Historia: lo que hay detrás de cada copa
María la Judía es una de las protagonistas de Destilando la Historia, donde recupero personajes, inventos y acontecimientos que explican cómo hemos llegado hasta los destilados que conocemos hoy.
Porque para entender lo que tenemos en la copa, a veces hay que remontarse unos cuantos siglos.
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Y sí, soy consciente de que estoy contando esta historia desde Europa, con un ordenador diseñado en Estados Unidos y fabricado en Asia.
La ironía no se me escapa.



