Hoy en Destilando la historia, volvemos al siglo XIX, en plena era victoriana, cuando la moralidad estaba en su punto más alto (o eso decían) y los destilados vivían uno de sus momentos más polémicos.
Porque sí, lo que hoy celebramos en un brindis, en aquella época era visto como indecente, maligno… bueno, como el malo de la película.

¡Así que vamos al lío!
La era de la templanza: cuando brindar era casi un delito
Imagina una época en la que las fábricas no paraban, las ciudades crecían sin control y las tabernas eran tan frecuentes como los puestos de trabajo.
Los destilados, especialmente el gin y el whisky, estaban en cada rincón. Pero claro, también lo estaban los discursos de moralidad.
Aquí es donde entra el movimiento de la templanza, esa cruzada que declaraba la guerra al alcohol.
Los reformadores sociales de la época, liderados por figuras religiosas y políticas, veían el consumo de destilados como la raíz de todos los males: pobreza, violencia doméstica, e incluso enfermedades mentales.
¿El resultado? Una campaña masiva para convencer a la gente de que dejara de beber… o al menos de que se olvidara de los destilados.
El gin: enemigo público número uno
Si eras pobre en la Inglaterra victoriana, el gin podía formar parte del consumo cotidiano. Era barato, estaba por todas partes y, bueno, formaba parte de un contexto de consumo y problemas sociales.
Pero claro, también era el blanco favorito de la propaganda de la templanza. Las imágenes de mujeres bebiendo gin mientras descuidaban a sus hijos o caían en la indigencia se convirtieron en la portada del discurso moralista.
Por otro lado, el whisky, especialmente en Escocia e Irlanda, no solo era una bebida, era identidad cultural. Pero eso no detuvo a los reformadores, que lo pintaban como otro “demonio líquido”. Los impuestos subieron, las restricciones legales aumentaron y, para muchos, el brindis pasó a ser clandestino.
¿Qué consiguió la templanza?
Te lo resumo: entre las clases medias y altas, algo. Entre la clase obrera… no tanto. La reacción dependía del lugar, el tipo de medida y las condiciones sociales.
En Escocia e Irlanda, los pequeños alambiques clandestinos seguían funcionando (de forma ilegal), mientras que en las zonas rurales de Inglaterra e Irlanda el poitín y otros destilados caseros resistieron como emblemas culturales.
¿Y en las ciudades? Hubo corrientes que distinguían entre bebidas y otras que reclamaban abstinencia total; no tuvieron los mismos resultados en todos los lugares.
Un ensayo para la Ley Seca
Y aquí es donde se pone interesante. El movimiento de la templanza en la era victoriana no fue solo un fenómeno europeo, también cruzó el Atlántico y sentó las bases para lo que más tarde sería la Ley Seca en Estados Unidos.
Pero, como bien sabemos, la historia se repite. Al igual que en la Inglaterra victoriana, la prohibición total en América no eliminó el consumo de alcohol, sino que lo empujó al mercado negro.
Sí, esos contrabandistas con zapatos de “pezuña de vaca” que mencionamos hace poco son un reflejo del mismo espíritu rebelde (y emprendedor, seamos sinceros) que mantuvo viva la producción clandestina en Escocia, Irlanda y otros rincones del mundo.
El brindis sigue en pie
Aunque parte del movimiento de templanza defendió restricciones o la abstinencia, lo cierto es que los destilados sobrevivieron porque son mucho más que una bebida: son historia, identidad y, por qué no decirlo, una pequeña forma de resistencia.
Así que, la próxima vez que levantes tu copa, recuerda que estás celebrando siglos de tradición que ni la moral victoriana ni la Ley Seca lograron apagar. 🥃
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