Ya sabes que de vez en cuando te cuento alguna batallita y te recupero una que me dio que pensar.
Verás, en una ocasión me fui a la ópera con mi pareja porque se celebraba el centenario de la reconstrucción de la Opera de Marsella (si llevas tiempo por aquí, sabes que vivo cerca)
De hecho es algo que he heredado de mi abuelo y de mi madre, desde pequeña me ponían a Verdi, Beethoven, y un sinfín más… supongo que por eso me gusta tanto la música, en casi cualquier estilo.
Como anécdota recuerdo que mi madre ponía a María Callas que parecía un concierto de Rammstein, vibraban hasta los cristales!
Y me dirás, muy bien la batallita, pero ¿qué tiene que ver la ópera con los destilados?
Ya va, ya va! Que si no te pongo en contexto después me dices que “qué me estás contando??? 😳

1. Los pequeños detalles lo son todo
Durante todo el concierto, mientras disfrutaba de la música, me fijé en algo que no me había fijado nunca: había músicos que estuvieron casi toda la noche de brazos cruzados.
Piensa en el percusionista del triángulo o el encargado de los platos, por ejemplo. Parecían estar ahí de adorno, pero cuando llegaba su momento, ¡madre mía! Ese único sonido marcaba la diferencia y daba un giro brutal.
Y aquí viene el paralelismo con los destilados: esas notas sutiles que a veces pasan desapercibidas, como un toque especiado o un puntito de miel, son las que elevan una bebida de “está bien” a “esto es espectacular”. Tanto en la ópera como en un buen trago, los pequeños detalles cuentan.
Y si no me crees, ponte el preludio del 3er acto de Lohengrin de Wagner y luego me cuentas… Eso si, ahí el pobre ”platillero” sudó más que en toda la noche!
2. La diversidad no siempre está donde esperas
Marsella es una ciudad súper diversa, así que, honestamente, esperaba que eso se reflejara en la orquesta marsellesa. Pero no fue así. Entre el coro, los músicos y los solistas, prácticamente todo el elenco era caucásico, salvo tres músicos asiáticos. Me dejó pensando en cómo ciertas tradiciones, como la ópera, a veces no avanzan al ritmo del mundo que las rodea.
Esto también pasa en el mundo de los destilados. ¿Cuántas veces nos quedamos con los clásicos y dejamos de lado bebidas igual de interesantes solo porque vienen de regiones menos “famosas” o tradicionales?
Tanto la ópera como el whisky, el mezcal o el ron tienen mucho que ganar si abren sus puertas a nuevas influencias y perspectivas.
Y no estoy diciendo que haya que reinventar la rueda, es sólo que de vez en cuando, dejarse llevar un poco puede dar lugar a cosas como el Dies Irae feat. Black Prez (electronica), o Hall of the Mountain King de Apocalyptica (Metal)
O trasladado al mundo de los destilados, un finish de Tokaji para un Bunnahabhain, un Glenmorangie con Sauternes o uno que me encanta, un Sackman con Carcavelos
3. No necesitas entender para disfrutar
Antes de entrar, mi pareja (que no sabe nada de ópera) y yo hablamos sobre los compositores. Le dije que los italianos, como Verdi, suelen ser más accesibles porque sus melodías son claras y vibrantes, mientras que los alemanes, como Wagner, son más densos, tipo “esto es para paladares avanzados”.
Pero, ¿adivina qué? La selección de piezas hizo que Wagner se llevara la noche. Fue tan emocionante que incluso mi pareja, alucinó. Y ahí está la clave: no hace falta “saber” para disfrutar.
Es como con los destilados: no necesitas saber qué barrica se usó ni distinguir todas las notas de cata para emocionarte con un buen whisky o sorprenderte con un ron. Solo hace falta abrirse a la experiencia y dejar que te sorprenda.
Mi conclusión?
La ópera y los destilados tienen algo en común: te invitan a apreciar los detalles, te retan a romper tus prejuicios y te demuestran que lo importante no es cuánto sabes, sino cuánto te permites disfrutar.
Así que, ya sea con una ópera de Wagner, con los remixes del Dj Paul Van Dyk o con un buen trago, mi consejo es el mismo: abre los sentidos, déjate llevar y disfruta del espectáculo.
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